El viento aullaba entre los árboles del jardín, como si la naturaleza misma intentara advertir a Clara sobre lo que estaba a punto de descubrir. Desde hacía semanas, algo en la casa familiar la inquietaba. El viejo espejo del vestíbulo, un relicario de la historia de su familia, parecía llamarla cada vez que pasaba junto a él. Aquella mañana, decidió que era el momento de enfrentarse a su misterio. Se acercó, con el corazón latiendo desbocado, y al mirar su reflejo, notó algo diferente. Su imagen sonrió, pero no fue su propia sonrisa. Era una mueca oscura, burlona, que destilaba malicia. Clara retrocedió, aturdida, y se preguntó si había sido solo un juego de luces. Sin embargo, la sensación de que algo no estaba bien persistió en su mente.
Los días transcurrieron y Clara, incapaz de sacudirse la inquietud, comenzó a investigar la historia de la casa. Su abuela siempre había hablado de un secreto, uno que había mantenido bajo llave. “No mires al espejo”, le había advertido en más de una ocasión. “No es lo que parece”. Pero ahora, más que nunca, Clara necesitaba saber. La curiosidad la llevó a la biblioteca, donde encontró un diario polvoriento que pertenecía a su bisabuela. Las páginas estaban llenas de relatos sobre rituales oscuros y pactos con fuerzas desconocidas. Se mencionaba una sombra que podía salir del espejo, una entidad que reclamaba lo que era suyo. El corazón de Clara se aceleró, pero la emoción de descubrir lo desconocido la empujó a seguir.
Una noche, decidida a desentrañar la verdad, se plantó frente al espejo con una vela encendida. El ambiente estaba cargado de tensión; el aire parecía vibrar mientras Clara recitaba en voz baja las palabras que había encontrado en el diario. A medida que hablaba, la llama de la vela danzaba, y el reflejo comenzó a distorsionarse. De repente, una figura emergió de la superficie cristalina, una sombra oscura que tomó forma humana. Era ella, pero no era ella. La mirada de esa criatura era fría y vacía, y su voz resonó como un eco lejano. “He estado esperando”, dijo, su tono era suave pero amenazante. “Eres la última de tu línea. Ahora es el momento de cumplir con lo que te pertenece”.
Clara sintió el terror apoderarse de ella. “¿Qué quieres de mí?” preguntó, su voz temblorosa. “Tu alma, Clara. Has liberado el pacto. Ahora, debes decidir: unirte a mí o ser consumida por la oscuridad”. La elección era abrumadora. Mientras la sombra se acercaba, una parte de ella quiso ceder, dejarse llevar por la promesa de poder y conocimiento. Pero otra parte, más fuerte, le decía que debía luchar. Clara recordó las palabras de su abuela, la advertencia de no dejarse atrapar por las sombras.
Con determinación, dio un paso atrás y levantó la vela entre ellas. “No, no seré tu prisionera”, gritó. La luz de la vela pareció crecer, iluminando el vestíbulo con un brillo cálido. La sombra retrocedió, y Clara sintió que su energía se desvanecía. “No puedes escapar”, siseó la criatura, pero Clara cerró los ojos y se concentró en los recuerdos de su familia, en el amor que siempre había sentido por ellos. Cuando abrió los ojos, la luz de la vela se había vuelto intensa, y con un grito, lanzó la llama hacia el espejo. El cristal estalló en mil pedazos, y con un último alarido, la sombra desapareció.
El silencio se apoderó de la habitación. Clara respiró hondo, sintiendo que su cuerpo temblaba. Había sobrevivido, pero no sin consecuencias. El espejo y la sombra habían desaparecido, pero la experiencia la había marcado para siempre. Sabía que el secreto de su familia no era solo un cuento de fantasmas; era un recordatorio de que las sombras podrían ser más reales de lo que imaginamos. En el fondo de su corazón, Clara entendió que la lucha contra la oscuridad nunca termina realmente, pero mientras permaneciera alerta, siempre podría encontrar la luz para guiar su camino.