El pueblo de San Lúcio solía ser un lugar vibrante, lleno de risas y vida. Pero desde que la niebla se instaló en los alrededores, la alegría se había desvanecido, y los habitantes solo susurraban entre sí sobre lo que acechaba tras la bruma. Clara, una joven que había regresado tras años en la ciudad, sintió que el aire pesado le oprimía el pecho. La razón de su vuelta no era solo la nostalgia, sino un secreto familiar que había estado oculto durante demasiado tiempo.
Una noche, mientras la niebla cubría las calles como un manto, Clara decidió explorar el viejo faro que había sido el orgullo del pueblo. Se decía que desde allí se podían escuchar voces del pasado, ecos de aquellos que habían desaparecido. Con una linterna en mano, cruzó el umbral del faro, sintiendo cómo el frío le calaba los huesos. Al subir por las escaleras de madera, cada crujido resonaba como un aviso, pero su curiosidad era más fuerte que su miedo.
Al llegar a la cima, la vista era deslumbrante. La niebla se extendía como un océano gris, y la luz del faro luchaba por atravesarla. De repente, un susurro atravesó el aire, como un canto lejano. Clara se giró rápidamente, pero no había nadie. "¿Hay alguien ahí?" preguntó, su voz temblando un poco. Solo obtuvo el eco de sus propias palabras como respuesta.
Decidida a desentrañar el misterio, Clara se sentó en el suelo de madera, dejando que la calma la envolviera. Entonces, el susurro volvió, más claro esta vez. "Clara..." La voz sonaba familiar, y su corazón se aceleró. Reconocía ese tono, era el de su abuela, quien había desaparecido sin dejar rastro años atrás. "¿Abuela?" gritó, pero la niebla pareció tragarse su voz.
De repente, una brisa helada recorrió la habitación, y Clara sintió una presencia a su lado. Una figura etérea emergió del vapor, la silueta de una mujer anciana con ojos brillantes y una sonrisa melancólica. "He estado esperándote", dijo la figura, su voz resonando como un eco de tiempos pasados. Clara sintió que el tiempo se detenía. "¿Por qué desapareciste?" preguntó, la tristeza apretándole el pecho.
"Tuve que hacerlo para protegerte", respondió la abuela, sus ojos destilando sabiduría. "La niebla guarda secretos oscuros. Este pueblo... no es lo que parece. Hay cosas que no puedes comprender aún, pero debes estar preparada". Clara sintió un escalofrío recorrer su espalda. La bruma parecía cobrar vida, danzando alrededor de la figura de su abuela.
"¿Qué debo hacer?" preguntó, sintiendo una mezcla de miedo y determinación. La anciana sonrió, extendiendo su mano hacia Clara. "Debes seguir la luz, encontrar la verdad, romper el ciclo. Solo así podrás liberar a los que están atrapados". Clara asintió, aunque su mente estaba llena de dudas. La niebla parecía susurrar a su alrededor, como si estuviera viva.
"¿Y si no puedo?" cuestionó, sintiendo el peso de la responsabilidad. La abuela se desvaneció lentamente, dejando solo un rastro de luz. "Siempre estaré contigo, Clara. No temas, la verdad te hará libre". Con esas palabras, la figura desapareció, y Clara se sintió sola en la cima del faro.
La niebla comenzó a disiparse, y con ella, la realidad del pueblo se mostraba en su cruda esencia. Clara se levantó, decidida. Tenía que descubrir lo que había sucedido, no solo para liberar a su abuela, sino a todos los que habían sido atrapados en la niebla.
Bajó las escaleras rápidamente, sintiendo el impulso de la verdad guiándola. Al salir del faro, el pueblo parecía diferente. Los rostros de sus vecinos mostraban una mezcla de temor y esperanza. Clara respiró hondo, sintiendo que el aire se limpiaba a su alrededor. La niebla comenzaba a desaparecer, y con cada paso que daba, la historia de San Lúcio se revelaba ante ella.
Clara estaba lista para enfrentar lo que viniera. La niebla había sido solo el comienzo. La verdad, aunque oculta, estaba al alcance de su mano, y ella no se detendría hasta desenterrar cada secreto enterrado en el pasado de su familia y su pueblo.