El atardecer tiñó de un suave dorado la habitación de Clara, donde un viejo espejo se erguía contra la pared. Era un objeto que había pertenecido a su abuela, y aunque nunca le había prestado atención, ese día algo en su interior la instó a acercarse. Al observar su reflejo, notó que la imagen parecía moverse ligeramente, como si el cristal respirara. Clara frunció el ceño, sin entender del todo lo que veía.
—¿Eres tú, abuela? —preguntó en voz alta, aunque sabía que la anciana había partido hacía años. El único eco de su pregunta fue el susurro del viento que entraba por la ventana. Sin embargo, el espejo pareció brillar con más intensidad, y Clara sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Días después, la curiosidad la llevó a investigar la historia de aquel espejo. Descubrió que en su familia existían leyendas sobre su poder. Se decía que aquel que mirara más allá de su reflejo podría descubrir secretos del pasado o vislumbrar futuros inciertos. Clara, intrigada, decidió que debía probarlo.
Una noche, mientras la luna llenaba la habitación con su luz plateada, se plantó frente al espejo. Sus ojos se fijaron en su propio reflejo, pero pronto notó que la imagen comenzó a distorsionarse. Las facciones de su rostro se modificaron, y el espejo tomó una vida propia, revelando un paisaje desconocido. Clara vio un bosque oscuro, con árboles retorcidos y una niebla espesa que se movía como si tuviera vida.
—¿Qué es esto? —susurró, incapaz de apartar la mirada.
Entonces, del interior de la imagen, una figura apareció. Era una mujer de aspecto etéreo, con ojos brillantes y una sonrisa melancólica. Clara sintió que su corazón latía con fuerza. La mujer extendió su mano hacia ella, como si la invitara a cruzar el umbral entre su mundo y el de Clara. Sin pensarlo, la joven tomó una profunda respiración y tocó la superficie del espejo.
Un intenso destello la envolvió, y en un instante se encontró en el bosque que había visto. La atmósfera era densa y el aire, frío. Clara giró sobre sí misma, asombrada por la belleza y la oscuridad que la rodeaba. La mujer que había visto en el espejo apareció de nuevo.
—Bienvenida, Clara. He estado esperándote —dijo con una voz suave que resonaba como un eco lejano.
—¿Quién eres? —preguntó Clara, sintiéndose atrapada en un sueño.
—Soy una parte de ti, de tus ancestros. Este lugar es un refugio, pero también un laberinto de secretos. Aquí se ocultan verdades que han estado dormidas en tu familia durante generaciones.
La mujer comenzó a caminar, y Clara la siguió a través del bosque. En cada paso, visiones de su pasado comenzaron a surgir. Vio a su abuela en su juventud, enfrentándose a un destino que la había marcado. Vio a sus antepasados, enfrentando desafíos y luchando contra fuerzas que iban más allá de la comprensión.
—Debes aprender de ellos —le dijo la mujer—. La historia de tu familia está entrelazada con el poder que este espejo encierra. Pero no todos los secretos son buenos. Algunos pueden ser peligrosos.
Clara sintió una mezcla de emoción y temor. ¿Qué pasaría si esos secretos la consumían? A pesar de sus dudas, continuó avanzando, sintiendo que su destino estaba ligado a aquel lugar.
Sin embargo, a medida que se adentraba más en el bosque, una sombra oscura comenzó a seguirla. Era como si una fuerza malévola estuviera al acecho, dispuesta a reclamar lo que le pertenecía.
—¡Debo regresar! —gritó Clara, asustada. La mujer la miró con tristeza.
—Debes enfrentarte a lo que llevas dentro, Clara. Solo así podrás romper el ciclo.
Con un grito desgarrador, Clara sintió que la oscuridad la envolvía. En un acto de desesperación, giró sobre sus talones y corrió hacia el espejo, sintiendo que su vida dependía de ello. La figura la persiguió, pero Clara, con su corazón latiendo con fuerza, logró alcanzar el espejo.
Con un último esfuerzo, tocó su superficie y sintió cómo la luz la absorbía. De repente, se encontró de nuevo en su habitación, el espejo brillando con un fulgor apagado. Clara respiró hondo, sintiendo que una parte de aquel mundo había quedado con ella.
Desde ese día, el espejo no volvió a reflejar nada extraño. Sin embargo, Clara sabía que la historia de su familia seguía viva en su interior, esperando ser contada, como la luz que una vez brilló en el espejo.