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El eco de la piscina vacía

El eco de la piscina vacía
Foto: Samuel James / Unsplash

Relatos Relatables — 27/02/2026 06:15

4 min Compartir X · WhatsApp · Telegram ·

Una piscina abandonada oculta secretos que desatan la locura en un pequeño pueblo. Un joven se enfrenta a un misterio que trasciende la realidad y la imaginación.

El sol se ocultaba tras unas nubes grises, proyectando sombras largas sobre el pueblo de Vallehermoso. Aquel lugar, conocido por su tranquilidad, había sido escenario de un suceso trágico años atrás: la muerte de un niño en la piscina municipal. Desde entonces, la piscina había quedado desierta, un vestigio de risas y juegos, ahora transformada en un pozo de silencio y olvido. Nadie se atrevía a acercarse; el miedo a lo desconocido había hecho del lugar una leyenda urbana.

Un día, impulsado por la inquietud y el deseo de descubrir la verdad detrás de los murmullos que rodeaban la piscina, un joven llamado Iker se aventuró a cruzar las viejas rejas oxidadas. Con un pequeño grabador de cinta en mano, recordaba las advertencias de su abuela: "Nunca te acerques a la piscina, Iker. Hay cosas que deben permanecer enterradas". Pero su curiosidad era más fuerte que el temor, y, al fin y al cabo, el eco de las historias contadas por los ancianos lo había intrigado desde niño.

Al entrar, el aire se volvió denso, como si la piscina misma intentara retener los secretos que albergaba. Los azulejos, cubiertos de musgo y maleza, contaban historias de risas lejanas y juegos de verano. Iker se acercó al borde, asomándose al agua estancada, que reflejaba una imagen distorsionada de su propio rostro. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue un objeto brillante en el fondo. Era un viejo termómetro, el tipo que se usaba en las piscinas para medir la temperatura del agua. Pero este no era un termómetro común; la escala había sido alterada, marcando temperaturas que superaban lo posible.

Intrigado, Iker decidió sumergirse en el agua, sintiendo la frialdad envolverlo. Cuando sus dedos alcanzaron el termómetro, una extraña vibración recorrió su cuerpo. En ese instante, un susurro emergió del fondo, un eco de risas infantiles que resonaba en su mente. Iker, aturdido, se dio cuenta de que había algo más en esa piscina que el simple recuerdo de un trágico accidente. Algo oscuro y voraz que anhelaba ser liberado.

Rápidamente se levantó, el termómetro en la mano, y comenzó a grabar lo que había sentido. Su respiración era entrecortada, y a medida que las palabras fluían de sus labios, el ambiente a su alrededor cambiaba. Las risas se convirtieron en gritos, un clamor de advertencia que se hacía cada vez más fuerte. Iker supo que estaba a punto de cruzar una línea que no debía cruzar.

"¡Iker!" una voz resonó detrás de él, sacándolo de su trance. Era su amigo Mateo, que había llegado a buscarlo tras enterarse de su aventura. "¡Sal de ahí! No deberías estar aquí!". Pero Iker, embriagado por lo que había descubierto, sólo podía pensar en el termómetro y en el misterio que ocultaba.

"¡No entiendes! Hay algo aquí, algo que quiere salir..." respondió Iker, sus ojos brillando de una mezcla de miedo y emoción. Sin embargo, en su mente, las risas se habían convertido en llantos, y algo oscuro comenzaba a emerger de las sombras de la piscina. El agua, antes quieta, empezó a agitarse con violencia, como si una fuerza invisible intentara liberarse.

Mateo, asustado, retrocedió. "¡Iker, tenemos que irnos!". Pero era demasiado tarde. Un remolino se formó en el centro de la piscina, y las imágenes de niños jugando comenzaron a materializarse, sus rostros distorsionados por la desesperación. Iker, atrapado entre la fascinación y el horror, sintió que el termómetro comenzaba a arder en su mano. La piscina no sólo guardaba secretos; también contenía una esencia oscura que había sido olvidada.

De repente, un grito desgarrador resonó, y las figuras comenzaron a acercarse, extendiendo sus brazos hacia Iker. La piscina no era un lugar de diversión; era un refugio de almas perdidas, y él había despertado algo que debía permanecer dormido. Con un último esfuerzo, Iker arrojó el termómetro al agua, y en un estallido de luz, todo se sumió en un silencio ensordecedor.

Cuando la calma regresó, Iker y Mateo se encontraron de pie, temblando, frente a la piscina vacía. Las risas ya no resonaban, y el lugar parecía haber recuperado su abandono. Sin embargo, en la superficie del agua, una sombra se deslizaba, como si la piscina aún retuviera un eco de lo que había sido. Mientras se alejaban, Iker comprendió que había revelado una verdad que nunca debió ser desenterrada; un secreto que, como el agua estancada, había permanecido oculto en la oscuridad, esperando el momento adecuado para salir a la luz.