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El reflejo en el túnel olvidado

Relatos Relatables — 20/02/2026 07:42

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Un joven encuentra un espejo antiguo en un túnel subterráneo y descubre secretos que lo conectan con un pasado aterrador. La oscuridad lo acecha y la verdad se vuelve más peligrosa que la mentira.

La tarde estaba ya muerta cuando Eduardo decidió explorar el viejo túnel que cruzaba el bosque. Había escuchado historias sobre aquel lugar, relatos de sus abuelos que solían advertir a los niños sobre lo que acechaba en la oscuridad. Sin embargo, la curiosidad que le picaba el alma lo empujó a entrar. La entrada, cubierta de hiedra y moho, parecía un umbral hacia otra dimensión, una que había permanecido olvidada por el tiempo. Al encender su linterna, los destellos de luz danzaron sobre las paredes de piedra, revelando inscripciones antiguas que se perdían en la penumbra.

Avanzó con cuidado, sintiendo el frío del aire que se acumulaba en el túnel. A medida que se adentraba, un eco sordo lo envolvía, como si el túnel no solo fuera un pasaje, sino un ser que respiraba a su alrededor. Fue entonces cuando lo vio. A un lado del camino, entre escombros y desechos, brillaba algo. Se acercó y lo descubrió: un espejo antiguo, su marco de madera carcomida y ornamentación desvanecida. La superficie estaba empañada, pero cuando limpió el cristal con la manga de su chaqueta, su reflejo emergió distorsionado, como si lo mirara desde otra realidad.

"¿Qué es esto?", murmuró, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. El espejo parecía llamarlo, como una puerta abierta hacia un pasado que no le pertenecía. Sin pensarlo dos veces, tocó el cristal. Al instante, una ráfaga de imágenes lo abrumó: escenas de un pueblo que alguna vez había florecido, ahora sumido en la desesperación y el miedo. Los rostros de los habitantes, distorsionados y apagados, lo miraban con ojos suplicantes. Eduardo retrocedió, el corazón latiendo con fuerza.

No era solo un espejo; era un portal. Con cada toque, las visiones se volvían más vívidas, y en una de ellas, reconoció a una mujer que parecía familiar, aunque no podía identificarla. Su imagen se desvaneció, pero su grito resonó en su mente: "¡Ayúdanos!" Eduardo sintió un impulso abrumador. No podía dejarlo así; debía entender qué había pasado. Salió del túnel corriendo, decidido a investigar más sobre el pueblo que había visto.

La noche cayó pronto, y el pueblo se presentó ante él como un ente sombrío. Las luces parpadeaban en las casas, y una sensación de malestar se cernía en el aire. Eduardo visitó la biblioteca, escudriñó archivos, y encontró registros de un antiguo ritual que había tenido lugar décadas atrás. Una comunidad traumatizada por la pérdida de sus seres queridos había hecho un pacto con fuerzas oscuras.

"Pero, ¿por qué? ¿Qué había en el espejo?", se preguntaba mientras el pueblo se desmoronaba en su mente. La historia hablaba de sacrificios y de un espejo que contenía las almas de aquellos que habían desaparecido, condenados a vagar entre los mundos. Eduardo se dio cuenta de que la mujer a la que había visto en el túnel era un eco de esa tragedia.

Decidido a liberar a esas almas, regresó al túnel, llevando consigo una vela y un trozo de papel con la inscripción del ritual que había encontrado. La oscuridad lo envolvía con cada paso, pero su determinación era más fuerte. Al llegar frente al espejo, encendió la vela y leyó las palabras en voz alta, sintiendo que el ambiente se cargaba de una energía extraña. El espejo comenzó a vibrar, y las imágenes retornaron, más intensas y aterradoras. Las almas atrapadas empezaron a moverse dentro del cristal, sus gritos resonando en su mente.

De repente, una mano se extendió desde el espejo, y Eduardo, paralizado, sintió cómo una fuerza lo arrastraba hacia el cristal. "¡No!", gritó, luchando por liberarse. En un último esfuerzo, arrojó la vela hacia el espejo. El cristal estalló en mil pedazos, y un grito ensordecedor llenó el túnel. Todo quedó en silencio. Eduardo cayó al suelo, respirando con dificultad. El túnel había recuperado su calma, pero el eco de la tragedia aún resonaba en su mente.

Salió de allí, temblando, con el corazón desbordado de emociones. Había liberado a las almas, pero el precio de su curiosidad había sido alto. Al mirar hacia atrás, el túnel se desvanecía en la oscuridad, como si nunca hubiera existido. En su bolsillo, encontró un fragmento del espejo, un recordatorio de que algunas verdades están condenadas a permanecer ocultas, y que el pasado, por más que lo intentemos, nunca se puede deshacer del todo.