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Ecos del Vacío: La Última Llamada

Ecos del Vacío: La Última Llamada
Foto: Juliette G. / Unsplash

Relatos Relatables — 20/01/2026 06:28

4 min Compartir X · WhatsApp · Telegram ·

En un rincón del cosmos, un explorador escucha un mensaje antiguo que cambiará su destino. El eco de un pasado olvidado lo llevará a enfrentar la soledad del universo.

El vacío del espacio era abrumador, un silencio infinito que envolvía a la nave estelar Argo como un manto. Niko, su único ocupante, se deslizaba en la penumbra del puente de mando, donde las luces parpadeaban como las estrellas lejanas. Había pasado años buscando señales de vida, pero más allá de las constantes emisiones de radio de planetas inhóspitos, nada había respondido a sus intentos de comunicación.

Una noche, mientras inspeccionaba los monitores de la consola, un audio interrumpió el silencio. Era un murmullo, casi imperceptible, pero inconfundiblemente humano. Niko se sobresaltó, su corazón latió con fuerza. Ajustó la frecuencia y, por un momento, creyó haber encontrado la salvación. “¿Hay alguien ahí?” resonó su voz en la soledad. Pero la única respuesta fue el eco de su pregunta. Sin embargo, el mensaje continuaba, cada vez más claro. “No estamos solos… No estamos solos…” repetía una y otra vez.

Con cada repetición, Niko sentía que la locura comenzaba a asomarse. Era una grabación antigua, un eco de un tiempo perdido, pero había algo en la forma en que se pronunciaban las palabras que le resonaba en el alma. La curiosidad lo empujó a seguir la señal, una búsqueda que lo llevó a un sistema estelar olvidado, donde las estrellas danzaban en colores vibrantes y extraños, como si estuvieran tratando de contarle un secreto.

Al llegar al planeta central, se encontró con un paisaje surrealista, lleno de vegetación bioluminiscente y montañas que parecían flotar en el aire. La atmósfera era densa, casi palpable, como si el propio planeta respirara. Niko descendió con cautela, sintiendo que cada paso lo acercaba más a la verdad. Las grabaciones habían mencionado un lugar, un antiguo templo que guardaba el conocimiento de una civilización perdida. Su corazón se aceleró.

“¿Dónde estás?” preguntó en voz alta, casi esperando que la respuesta llegara a través del viento. La sensación de ser observado lo envolvía, y no era solo la imponente belleza del lugar; había algo más. Una presencia, una conexión. Se dirigió al corazón de la selva, dejando que el instinto lo guiara. Las plantas brillaban con una luz suave, iluminando su camino como si fueran faros en la oscuridad.

Finalmente, llegó a la entrada del templo, sus paredes cubiertas de símbolos antiguos que parecían contar historias de un tiempo en que los humanos y seres de otras galaxias coexistían. Las inscripciones eran familiares, resonaban con un eco en su memoria, como si él también hubiera sido parte de esa historia. Entró, sintiendo que el aire se volvía más denso, cargado de un conocimiento antiguo.

Al fondo del templo, encontró un altar, y sobre él, un dispositivo que pulsaba con una energía vibrante. Se acercó, sintiendo un tirón casi magnético. “¿Qué eres?” murmuró, tocando la superficie fría. En ese instante, un torrente de imágenes y sonidos se desbordó en su mente. Vio civilizaciones florecer, naves estelares surcar los cielos, y luego, el ocaso de todo. Un cataclismo que había sumido a su mundo en el silencio.

“¡No puede ser!” gritó, retrocediendo ante la revelación. Comprendió que la llamada que había escuchado no era un simple eco, sino un último esfuerzo de aquellos que habían existido antes que él, un intento de advertir a las futuras generaciones sobre el peligro del olvido. Pero, ¿quién podría salvarse de la soledad del cosmos? La verdad lo abrumaba. La única respuesta que había encontrado era la certeza de que su búsqueda había sido en vano.

Mientras la nave Argo se preparaba para el viaje de regreso, Niko sintió un profundo vacío en su interior. Había descubierto que el eco de aquel mensaje no era solo un llamado a la vida, sino un recordatorio de su propia existencia, de la fragilidad de la humanidad en un universo vasto y solitario. “No estamos solos”, murmuró una vez más, pero esta vez no había esperanza en sus palabras. En el silencio del espacio, el eco de su voz se desvaneció, dejando solo la soledad del vasto universo a su alrededor.