El sonido del tráfico era un murmullo constante que se fundía con el eco lejano de sirenas. En un pequeño apartamento del décimo piso, Samuel miraba por la ventana, las luces de la ciudad titilando como estrellas que habían caído sobre el asfalto. Había pasado años en esa rutina monótona, atrapado entre la oficina y el hogar, pero esa noche era diferente. La lluvia comenzó a caer, primero en suaves gotas y luego en torrentes, un telón de fondo perfecto para su melancolía.
Mientras la tormenta arremetía contra los cristales, su teléfono sonó, rompiendo el silencio. Una llamada desconocida. Con un suspiro, Samuel dudó, pero al final contestó. La voz al otro lado era grave y familiar, aunque lo sorprendió. "Samuel, soy yo. Necesitamos hablar."
Reconoció la voz de su antiguo amigo, Marco, con quien había perdido el contacto años atrás. "¿Marco? ¿Eres tú? ¿Qué sucede?" La voz sonaba apremiante, cargada de una ansiedad que él no podía ignorar. "No puedo hablar por teléfono. Te espero en el bar de siempre. Es urgente."
La conversación dejó a Samuel con un nudo en el estómago. No había pensado en Marco desde aquella última pelea que los había distanciado. Sin embargo, la urgencia en su tono lo impulsó a vestirse y salir. La lluvia había cesado cuando llegó al bar, aunque el suelo aún brillaba con el reflejo de las luces de neón. Al entrar, el ambiente era denso, lleno de risas y conversaciones entremezcladas, pero él solo buscaba a Marco.
Lo encontró en una esquina, con una copa en la mano, su mirada fija en la puerta. "¡Samuel!", exclamó al verlo. Se levantó y lo abrazó, una mezcla de alivio y nostalgia. "No sabía si vendrías. Tenía que verte. Es sobre el negocio."
"¿Negocio? No entiendo, Marco. Hace tanto que no hablamos. ¿Por qué ahora?" La confusión llenó el aire entre ellos. Marco tomó un sorbo de su bebida y se inclinó hacia adelante, como si el resto del mundo se desvaneciera. "He estado involucrado en algo grande, y necesito tu ayuda. No puedo hacerlo solo."
Samuel sintió que su corazón latía más rápido. La idea de volver a involucrarse con el mundo turbio del que había escapado le daba escalofríos. "¿Qué tipo de ayuda?" preguntó con cautela. Marco hizo una pausa, buscando las palabras. "Es un asunto delicado, pero si no actúo pronto, todo se desmoronará. Necesito que me ayudes a recuperar algo."
La tensión en el aire era palpable. Samuel recordaba las promesas de una vida mejor, una vida alejada de los peligros y las decisiones equivocadas. "No sé si puedo, Marco. Ya no soy esa persona."
"Pero yo sí lo soy. Y tú lo sabes. La ciudad está llena de oportunidades, y no podemos dejar que esta se nos escape. Te necesito."
Con cada palabra, el viejo vínculo entre ellos se reavivaba, y Samuel se sintió tentado. Así que, después de una larga deliberación, asintió. "Está bien, cuéntame qué tienes en mente."
Los planes comenzaron a desarrollarse entre risas nerviosas y recuerdos de viejas hazañas. La adrenalina se apoderó de Samuel, y por un momento, se sintió vivo de nuevo. Pero la emoción se disipó cuando Marco reveló la magnitud del riesgo que estaban a punto de asumir. Había algo que recuperar de un grupo peligroso que controlaba parte de la ciudad.
La noche avanzaba, y con cada trago, la decisión de Samuel se volvía más pesada. Finalmente, se levantaron y salieron del bar, el aire fresco de la noche los envolvió. Caminaban por calles que parecían familiares, pero que ahora se sentían extrañas, como si el pavimento susurrara advertencias.
"Solo un par de días, y luego todo habrá terminado", prometió Marco, pero Samuel no podía sacudirse la sensación de que estaban cruzando una línea que no podían retroceder. Las luces de la ciudad desdibujaban las sombras que acechaban en cada esquina. Cuando llegaron al lugar acordado, una vieja fábrica a las afueras del barrio, la tensión se hizo palpable. No solo por la misión, sino por la sombra de su pasado que regresaba.
Lo que ocurrió esa noche fue un torbellino de emociones. Gritos, luces intermitentes y un caos que parecía nunca terminar. Samuel se vio atrapado en un juego del que no podía escapar. Pero cuando todo terminó y la calma regresó, se dio cuenta de que había recuperado algo más que un objeto perdido; había encontrado una parte de sí mismo que creía extinta. Estaba de vuelta en la ciudad que nunca duerme, y esta vez, no solo era un espectador.
Al final, mientras caminaba por las calles vacías de la madrugada, sintió el peso de la decisión que había tomado. La vida urbana era un ciclo interminable de oportunidades y peligros, y aunque había regresado a un mundo del que había querido escapar, también había redescubierto su esencia. La última llamada había sido el inicio de un nuevo capítulo, y la ciudad, con sus luces y sombras, lo esperaba con los brazos abiertos.