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Ecos en el túnel del olvido

Ecos en el túnel del olvido
Foto: Zoshua Colah / Unsplash

Relatos Relatables — 25/03/2026 04:35

3 min Compartir X · WhatsApp · Telegram ·

Un viejo termómetro hallado en un túnel despierta recuerdos que deberían haber quedado enterrados. Lo olvidado regresa con voz propia.

El viento empujaba hojas secas hacia la boca del túnel de servicio que mordía los cimientos de la ciudad. Raúl había venido por curiosidad y por una fatiga sin nombre: la urgencia de romper la costra de su vida cotidiana. Contaban que las paredes guardaban ecos que no eran simples reverberaciones; era una de esas historias que se ríen de quien pretende ignorarlas. Aquella noche, aún así, la aventura le pareció irresistible.

La linterna trazaba un haz que lamía grafitis, nombres y signos que hablaban de otros pasos. En el suelo, algo brilló: un termómetro cubierto de polvo y manchas. Se agachó y lo recogió. Era más antiguo de lo que esperaba; la escala continuaba más allá de lo conocido, como si midiera otra temperatura que no fuera la del cuerpo.

Al sostenerlo se abrió una boca de nostalgia; un recuerdo húmedo y caliente: su abuela inclinada sobre una sábana, midiendo la fiebre, la voz quedándose pequeña entre la tos. "Solo un objeto", se dijo, pero la frase rebotó en la bóveda del túnel y perdió sentido. Sintió, repentinamente, que alguien lo observaba.

Un golpe seco hizo vibrar las tuberías. Raúl se detuvo, el corazón aireando contra sus costillas. "¿Hay alguien?" preguntó, y el silencio que vino después fue casi un empujón. Entonces una voz—un hilo—se deslizó desde la penumbra: "Ayúdame." No supo decir si venía de lejos o de dentro de sí.

El sonido abrió un álbum de imágenes: juegos en patios mudos, sombras en habitaciones azules, fragmentos que ni siquiera recordaba haber guardado. Avanzó, como si el túnel halara de esos recuerdos. Cuanto más se internaba, más se multiplicaban los ecos, hasta que las paredes parecieron respirar con él, alimentándose de lo que no quería mirar.

Llegó a una cámara donde la cal se descascaraba y las paredes estaban arañadas con nombres. Una puerta metálica, oxidada, estaba entreabierta. La empujó; chirrió como si despertara de un sueño largo. Dentro había cosas: juguetes partidos, prendas raídas, fotografías con los bordes mordidos por el tiempo. Un espejo empañado colgaba en una esquina, su plata mortecina apenas devolviendo luz.

En el vidrio, su rostro aparecía más pálido. Pero algo más lo miraba: la silueta de una niña cuya expresión era tarea de invierno —tristeza encerrada en cristal. "Ayúdame", dijo la voz, ahora sin distancia, clavándose en la cabeza de Raúl. No fue solo un pedido; fue una llave.

Al acercarse, el termómetro vibró en su mano. El líquido interior no solo burbujeó: giró en remolinos de colores que no pertenecían a ningún recuerdo conocido. La habitación se llenó de un frío que no provenía del aire sino del tiempo. La figura en el espejo se desintegró en una sombra que dejó en su lugar la palabra: "No olvides."

El termómetro se hizo añicos entre sus dedos. El sonido de cristal roto fue una sentencia. Raúl retrocedió, y la realidad se volvió una serie de planos que ya no encajaban: el túnel, la ciudad arriba, la casa de su infancia; todo parecía latir con una misma cuenta regresiva.

Corrió sin rumbo hasta escupir la oscuridad. Al salir, la luz de la ciudad le golpeó los ojos con una claridad que dolía. No recuperó la ligereza: algo en él había cambiado de temperatura. No había descubierto un simple objeto; había arrancado la costra que guardaba memorias que exigían pago.

La ciudad siguió en su brillo habitual, pero una sombra lo acompañó, adherida a sus pasos como la humedad a la piedra. A veces, en los sitios más insospechados, la memoria vuelve con voz humana, y entonces uno comprende que olvidar no siempre es un refugio, sino una deuda que tarde o temprano reclama su cobro.


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