El pueblo de Aldebaran se encontraba sumido en un denso silencio, roto solo por el canto lejano de un cuervo. El viento arrastraba hojas secas, mientras los habitantes, con miradas furtivas, se asomaban a las ventanas de sus casas de madera. Era un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido, donde las leyendas del bosque cercano se susurraban entre los ancianos en la plaza y se mantenían alejadas de los oídos curiosos de los más jóvenes.
Una tarde, un forastero llegó al pueblo. Su figura delgada se recortaba contra el sol poniente, y su andar ligero contrastaba con la pesadez del ambiente. Nadie le dio la bienvenida; los rostros se giraron al verlo aproximarse, como si la sombra de su presencia anunciara un mal presagio. “Soy un viajero”, dijo con una voz suave, casi melodiosa. Sin embargo, nadie respondió. El forastero se dirigió a la única posada del lugar, un edificio viejo cuyas paredes crujían con cada ráfaga de viento.
La posadera, una mujer de cabello canoso y manos arrugadas, lo observó con desconfianza. “Lo siento, no tenemos habitaciones disponibles”, murmuró, mientras limpiaba con desgano el mostrador. “No querrás quedarte aquí, no en esta época del año”. Pero el forastero, con una sonrisa amable, insistió. “Solo necesito un lugar donde descansar por una noche. Prometo no ser una carga”. Al final, la mujer cedió, aunque su mirada revelaba que había algo más en sus pensamientos.
Esa noche, mientras el forastero se acomodaba en su habitación, el aire se tornó denso y cargado de un olor a tierra húmeda. Unos golpes sutiles resonaron en la ventana, como si el bosque estuviera llamando. Intrigado, se acercó y asomó la cabeza. Fuera, las sombras danzaban entre los árboles, y pudo ver lo que parecía una figura fugaz deslizándose entre los troncos. “¿Quién está ahí?”, preguntó, pero solo el sonido del viento le respondió.
A la mañana siguiente, el forastero decidió explorar el bosque. La curiosidad lo llevó a adentrarse en su espesura, donde los árboles se alzaban como gigantes ancestrales, cubiertos de musgo y enredaderas. Mientras caminaba, escuchó murmullos lejanos, palabras que parecían invocar algo antiguo. Se detuvo y prestó atención, sintiendo que el bosque lo envolvía con su magia oscura. “¿Qué es esto?”, se preguntó, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
De repente, una figura emergió de entre los árboles. Era un anciano con una mirada profunda, que lo observaba con una mezcla de curiosidad y desdén. “No deberías estar aquí, forastero”, dijo con voz temblorosa. “El bosque es un lugar de pactos y secretos. Aquí, la muerte no es el final, sino una puerta hacia lo desconocido”. El viajero, intrigado, intentó sonsacarle más. “¿Qué pactos? ¿Qué secretos?”. Pero el anciano solo sonrió, sus ojos brillando con una luz que parecía provenir de otro mundo.
Regresó al pueblo, donde la atmósfera se había vuelto aún más tensa. Las miradas de los aldeanos eran como dagas, y el murmullo de sus conversaciones se detenía al acercarse. Sintió que lo observaban a sus espaldas, como si su presencia hubiera desatado algo que llevaban años ocultando. Esa noche, mientras el forastero intentaba descansar, los sueños se convirtieron en pesadillas: sombras que se retorcían, susurros que llamaban su nombre, y la visión de rostros familiares que nunca había visto.
Al amanecer, decidido a desentrañar el misterio, se dirigió nuevamente al bosque. Pero esta vez, el camino parecía transformarse ante sus pies, como si las raíces quisieran atraparlo. “¿Qué es lo que quieres de mí?”, gritó, su voz resonando entre los árboles. En respuesta, una brisa helada le recorrió el cuerpo, y el eco de su grito se perdió en la distancia.
De pronto, se encontró rodeado por los aldeanos. Sus rostros, ahora distorsionados por la rabia y el miedo, lo miraban con rechazo. “No debiste venir”, dijo la posadera, su voz un susurro amenazante. “Ahora el bosque ha despertado, y es tu culpa”. El forastero sintió un nudo en el estómago. “¿Qué quieren?”, preguntó, pero no hubo respuesta, solo miradas que hablaban de un antiguo temor.
Mientras se preparaban para lo que parecía ser un ritual, comprendió que el bosque había reclamado su tributo. Las leyendas que había escuchado eran más que historias; eran advertencias. En ese instante, el forastero se dio cuenta de que había cruzado una línea que no debía haber tocado. El bosque, con su oscuro encanto, había encontrado un nuevo susurro, y él era el elegido para perpetuar su legado. El grito ahogado de su alma se perdió entre la maleza mientras las sombras lo envolvían, convirtiéndolo en parte del susurro eterno del bosque.